The show must go on

Llevo varios días esperando a que den la noticia de que la muerte de Alexander McQueen ha sido una broma pesada del diseñador, que en realidad todo ha sido un montaje que forma parte de su próximo desfile en París en el que tiene pensado resurgir por arte de magia en mitad del escenario y así, una vez más, dejar a todo el público con la boca abierta y sin poder moverse de sus asientos. Pero los días pasan, se cumple una semana y nadie parece decir nada más que McQueen ha muerto de verdad, que ya no está en este mundo y que no va a hacer más desfiles. A mi escribir esto me parte el corazón.



Dice un titular de una de nuestras revistas patrias que “por sus armadillo se le recordará”, y a mi se me estremece el cuerpo, no por favor no, por los armadillo justamente no. Me niego a pensar que por semejante infamia, sólo propios de la monstruosa Lady Gaga, se le vaya a recordar. No. Cosas como esas eran las que McQueen utilizaba para hacer una puesta en escena más dramática, para impactar, pero no eran más que simple atrezzo, no algo por lo que ser recordado como diseñador. Algo para recordar eran sus trajes de chaqueta perfectamente cortados al más puro estilo Savile-Row, sus espectaculares vestidos románticos, los kimonos bordados con riqueza, los body-vestidos de ciencia ficción, los corsets de estructura arquitectónica, las faldas globo pomposas como flores, en definitiva, esa intención de alta costura presentada en un envoltorio de show inolvidable.



Sus inicios en Savile Row le permitían hacer trajes de chaqueta perfectos. Cuenta la leyenda que cuando era aprendiz cortador en los forros de los trajes de chaqueta que iban destinados al Príncipe de Gales solía grafitear irreverencias y algún que otro insulto. Aún así cuando la reina le nombró Caballero del Imperio fue a recibir el título dice que para hacer feliz a su madre.




Los vestidos más espectaculares e imaginativos eran obra suya


Los bodys de ciencia ficción también eran una de sus señas de identidad y en las últimas temporadas le descubrió el mundo de las estapación digital y lo llevó a sus máximos extremos. Yo no soy nada buena haciendo rapors (la unidad de repetición en un estampado digital) pero sí sé apreciar la enorme dificultad que tiene hacerlos tan tupidos, complejos y que encajen de esa manera. Una locura


Faldas globo, faldas clavel, faldas con flores, todas una preciosidad y un prodigio de la técnica

McQueen ha sido siempre mi diseñador favorito, más que eso, mi referente, alguien a quien admiraba profundamente. No sólo por ser un fantástico diseñador, sino por ser también el mejor sastre y showman. A mi juicio (al igual que Álex de la Iglesia en su excelente discurso de la pasada edición de los Goya) entiendo que “importante es salvar vidas en un hospital” lo demás, incluido este blog, es puro entretenimiento. Creo que McQueen también lo entendía así y desfile tras desfile mostraba el mayor espectáculo que la moda se podía permitir. Para ello recurría a gente fuera del mundo de la moda, como Sam Gainsbury que antes de conocerle era productor de videos pop y después de trabajar con McQueen haciendo realidad los sueños más imposibles, acabó montando su propia agencia de producción de eventos de moda.





Juntos aceleraron el pulso de muchos asistentes cuando en el 2002 sacaron a una caperucita lila acompañada de lobos abriendo el desfile o con el famoso holograma hechizado de Kate Moss en el 2006 o cuando en el 99 crearon una obra de arte in-situ al pintar el vestido de Sharlom Harlow con máquinas de Fiat. Ésta última idea fue después copiada para un anuncio publicitario de coches, como otras muchas que después fueron utilizadas por otros diseñadores y que en parte no dudo que sea copia pero en parte creo que también se debe a que este hombre iba demasiado por delante de los demás, la pintura blanca en los ojos que popularizó Balenciaga y que ahora vuelve a sacar Valentino, ya lo había hecho McQueen hace años, el carrusel de Chanel ya había tenido su original McQueeniano hace otro tanto, las chaquetas militares y victorianas de Balmain, D&G y servidora ya las sacó McQueen nada menos que hace dos años.


Holograma de Kate Moss

Me gustaba su imaginario, me imaginaba a ese niño de familia pobre devorando películas y libros con los que después fue creando un universo fantástico, romántico y delirante. Se notaba que le gustaba el cine, las referencias cinematográficas eran muy habituales no sólo en las puestas en escena sino también en las propuestas de las colecciones. “Danzad, danzad, malditos”, Hitchcock y hasta “Harry Potter” han aparecido paseando por sus pasarelas renovados, reconocibles pero mejorados.


Danzad, danzad, malditos


El hombre que sabía demasiado


Una partida de ajedrez entre Japón y EEUU

Y es que aunque la puesta en escena era teatral y mágica, esto no hacía que McQueen se despistara de lo que realmente importaba, su ropa. Sus desfiles no eran un ejercicio de distracción frente a sus colecciones, por el contrario las ensalzaban. No tenía nada que ocultar, su trabajo era perfecto y lo sabía. Aún recuerdo cuando me probé algo de él por primera vez, fue en los almacenes Saks Fifth Avenue de Nueva york, de la colección "Irere", sus chaquetas te obligaban a caminar recta, te enderezaban la espalda, te levantaban los hombros, caminabas como un pirata orgulloso. Siempre tengo esa sensación en mente cuando me pruebo ropa que supuestamente ha de ser buena, si no te hace caminar con orgullo, es un trapo cueste lo que cueste.


Los primeros pantalones de talle bajo en pasarela, los "bumpsters", también fueron idea suya. Ya sabéis a quién culpar por esta década de pantalones por debajo del ombligo.

McQueen hacía magia, tanto en sus diseños como en el escenario. Sin él el mundo del espectáculo ha perdido mucho, el de la moda casi todo.

Lee, ya te echo de menos.


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